"Mi hijo, Duarte"
Mi vida ha estado repleta de desafíos. He pasado por muchas bajas, pero también he conseguido seguir adelante, luchando por un mañana luminoso y esperanzador. Esta luz y paz interior que ahora me acompañan se la debo en gran parte al fruto de mi vientre: mis hijos. Desde luego con todos ellos tenía una excelente relación, pero no puedo negar que Juan Pablo siempre fue el más consentido. Era un niño muy peculiar. Siempre supe que estaba destinado para grandes hazañas.
Recuerdo con locura las tardes calurosas del verano, cuando todos sus hermanos salían a jugar, él prefería quedarse a mi lado observando el paisaje o devorando libro tras libro. Siempre procuré que la educación fuera una prioridad en su vida, pero jamás llegué a imaginarme que sería tan devoto a mis enseñanzas. A veces me preocupaba su corta socialización con los demás, sin embargo, cada vez que le impulsaba que saliera a distraerse un rato, me contestaba que no necesitaba de correteos para divertirse, que mi compañía, además de una buena lectura, le bastaba para entretenerse por el resto de su vida. Se me estremecía el corazón cada vez que me hacía saber que yo era un referente para él.
Duarte era un rebelde intelectual, no se conformaba con las simplezas de las páginas de un libro, siempre buscaba crear su propio escenario, llegar a sus propias conclusiones basado en el reconocimiento de la realidad de su entorno. Esto lo llevó a irse del país, para seguir su rumbo educativo en España. Una vez allí, se nutrió con ideales liberales y nacionalistas inspirados por el entorno de los países que había visitado.
Aunque me partió el alma su partida, pues me tuve que despedir de mi acompañante de atardeceres, me sentí como la madre más afortunada. Sabía que volvería a mis brazos como un hombre renovado, inundado de ideas que cambiarían el curso de nuestra historia. Y así lo hizo. Quien una vez fue mi niño preciado, astuto e inteligente, pero todavía un tanto frágil, se había convertido en un símbolo nacional de valor y esperanza. A pesar de lo arriesgadas que eran sus metas, lo apoyé en cada una de sus decisiones, aunque, como madre, me atacaba la angustia de despertar al siguiente día y que su presencia ya no evocara vivacidad.
No toleraba la idea de que mi retoño se expusiera a los peligros del régimen, pero no me hubiera perdonado nunca si le hubiese apagado la feroz llama en su interior que tenía sed de lucha.
Sus ideales sirvieron para conformar una sociedad clandestina llamada “La Trinitaria”, cuyos mensajes eran desvelados en obras de teatro que realizaban, bajo el nombre del grupo “La Filantrópica”. A esos jóvenes les brindé un techo en el cual podían reunirse, todo para planear el gran golpe que nos haría libres. Sin embargo, a pesar de su gran repercusión, tuve que despedirme nuevamente de mi hijo, pues estaba siendo perseguido por la dominación haitiana.
El hogar se vió altamente afectado por este suceso, la incertidumbre de no saber cuál sería el siguiente paso nos atormentaba, pero Juan Pablo nunca nos permitió rendirnos. En una carta que me envió desde Venezuela, resaltó que mientras existiera unidad y, sobre todo, amor en la familia, todo obraría para bien.
A pesar de que no pudo observar el fruto de su esfuerzo de inmediato, supo que había triunfado. En el momento en que declararon que el país por el que tanto luchó mi hijo era libre, principalmente gracias a él, me sentí como la madre más afortunada del mundo. Pude compartir mi felicidad con él cuando volvió del exilio, fue uno de los momentos más emotivos de mi vida. Tuvo que volver a marcharse no mucho tiempo después, me duele no haber sabido que sería para siempre.
Mi hijo fue mi salvador y mi acompañante en muchas ocasiones, espero que su ejemplo sea una guía para nuevas generaciones. Mi mayor deseo es que su memoria viva en los corazones de todos los dominicanos que se sienten orgullosos de su tierra… así como él lo hizo.


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